Hay una idea que suele acompañarnos más tiempo del que nos gustaría admitir.
«Voy a empezar cuando llegue el momento adecuado».
Puede tratarse de un proyecto, un cambio de hábitos, una conversación importante o incluso de algo tan simple como retomar una actividad que antes disfrutábamos. La frase cambia de forma, pero el fondo es siempre el mismo: esperar.
Esperamos tener más tiempo.
Esperamos sentirnos mejor.
Esperamos tener más experiencia.
Esperamos contar con más dinero.
Esperamos que las circunstancias sean distintas.
Y mientras esperamos, la vida sigue avanzando.
Lo curioso es que casi nunca reconocemos esta espera como un problema. Al contrario, suele parecer una decisión sensata. Después de todo, ¿qué tiene de malo querer empezar en las mejores condiciones posibles?
El problema es que esas condiciones perfectas rara vez llegan.
La mayoría de las cosas importantes comienzan en medio del desorden cotidiano. Se inician cuando todavía existen dudas, cuando el tiempo sigue siendo escaso y cuando todavía no nos sentimos completamente preparados.
Pensamos que las personas que lograron algo importante comenzaron cuando todo estaba alineado. Sin embargo, muchas veces la realidad fue exactamente la opuesta. Empezaron con miedo, con incertidumbre y con recursos limitados.
No porque fuera el momento ideal.
Porque decidieron que esperar más no les acercaría a donde querían llegar.
Quizá una de las trampas más sutiles del momento perfecto es que nos hace sentir productivos sin obligarnos a actuar. Planeamos. Reflexionamos. Investigamos. Imaginamos escenarios.
Y aunque todo eso puede ser útil, también puede convertirse en una forma elegante de posponer porque pensamos... ¡pero no actuamos!
Creemos que nos estamos preparando cuando, en realidad, seguimos evitando dar el primer paso.
La verdad es incómoda.
Nunca tendremos toda la información.
Nunca desaparecerán por completo las dudas.
Nunca existirá una garantía absoluta de que las cosas saldrán bien.
Por eso muchos comienzos importantes se sienten imperfectos.
Porque lo son.
Esperar el momento perfecto puede parecer prudencia, pero a veces es simplemente miedo disfrazado de preparación.
Miedo a equivocarnos.
Miedo a fracasar.
Miedo a descubrir que somos menos capaces de lo que imaginábamos.
Sin embargo, también existe otro riesgo del que se habla menos: el riesgo de no empezar nunca.
Con el tiempo, las oportunidades cambian. Las circunstancias cambian. Nosotros mismos cambiamos.
Y aquello que un día parecía una posibilidad emocionante termina convirtiéndose en una idea que quedó pendiente.
Quizá la pregunta correcta no sea si este es el momento perfecto.
Quizá la pregunta sea otra.
Si las condiciones nunca van a ser ideales, ¿cuánto tiempo más estamos dispuestos a esperar?
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