Todo empieza fácil. Te despiertas y no vas tarde, así que tomas el celular “solo cinco minutos”. No parece grave, o al menos eso crees. Pero esos cinco minutos se convierten en veinte, luego en treinta. Un video lleva a otro, una notificación a otra, y cuando reaccionas… ya vas justo.
Te sientas a trabajar. Abres lo que tienes que hacer. Ahí está, claro, esperando. Pero no empiezas. Revisas el correo, respondes algo rápido, ves otra cosa pendiente. Todo parece útil. Todo parece necesario. Pero no estás avanzando, solo estás rodeando lo importante.
Y aquí es donde te engañas mejor: estás ocupado. Haces cosas. Organizas, respondes, buscas, acomodas. El tiempo pasa y hasta te sientes cansado, sientes que ya trabajaste mucho. Pero cuando te detienes un segundo, te das cuenta de algo incómodo: no hiciste lo que realmente importaba.
Más tarde lo sientes. Esa pequeña presión. Sabes que deberías haber avanzado más. Pero en lugar de enfrentarlo, eliges algo rápido, algo fácil, algo que no pese. Porque ahora lo importante ya se siente más grande que en la mañana.
Llega la tarde y con ella la urgencia. Pero también llega el cansancio mental. Ya no tienes la misma claridad ni energía. Lo que antes era sencillo ahora parece pesado. Intentas empezar, pero te distraes más fácil, te frustras más rápido. Cualquier cosa te saca.
Y entonces llega la noche.
No hiciste lo que sabías que tenías que hacer, pero tampoco sientes que “perdiste el tiempo”. Estuviste ocupado. Hiciste cosas. Así que te dices lo que siempre funciona:
“Ahora si, mañana lo hago.”
Pero la verdad es más simple (y más incómoda):
Lo que sí llega es otro día igual.
Así que la próxima vez que pienses que no te alcanza el tiempo, detente un segundo y pregúntate:
¿De verdad no tengo tiempo… o solo estoy evitando empezar?
Porque esa respuesta es la que realmente importa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario