Del efecto Mandela a los deepfakes: cuando nuestros propios ojos ya no son suficiente.
Imagina que mañana aparece en Internet un video donde tú apareces diciendo algo que jamás dijiste: Tu rostro es el tuyo, tu voz es tu voz, tus gestos son exactamente los tuyos, tus amigos te reconocen, tu familia te reconoce, millones de personas lo ven.
Pero tú sabes que nunca ocurrió.
¿Cómo demostrarías que el video es falso?
Bienvenido a uno de los problemas más inquietantes que nos está dejando actualmente la inteligencia artificial.
Ver ya no significa creer.
Durante mucho tiempo, una fotografía fue considerada una especie de prueba.
Si alguien decía:
—Eso nunca ocurrió.
Podíamos responder:
—Aquí está la fotografía.
Una grabación podía servir como evidencia, un video podía demostrar que alguien estuvo en determinado lugar... pero la inteligencia artificial acaba de cambiar las reglas.
Hoy podemos generar rostros de personas que no existen, clonar voces, crear fotografías de acontecimientos inexistentes y producir videos extremadamente convincentes. Y mientras más perfeccionadas se vuelven estas herramientas, más difícil resulta distinguir lo auténtico de lo fabricado.
Pero aquí aparece algo todavía más preocupante.
El problema no es solamente que podamos creer una mentira, el verdadero problema es que podemos comenzar a desconfiar de la verdad.
El día en que todo puede ser falso.
Supongamos que aparece un video donde un personaje público dice algo escandaloso.
Hace algunos años, la discusión habría sido:
"¿El video es verdadero?"
Ahora existe una respuesta mucho más sencilla:
"Es inteligencia artificial."
Y quizá lo sea... Pero quizá no.
La existencia de los deepfakes permite que alguien pueda negar un acontecimiento real simplemente argumentando que fue generado artificialmente, pero aquí aparece una paradoja:
Cuanto más fácil resulta fabricar una mentira, más difícil puede resultar demostrar una verdad.
Investigaciones recientes ya están estudiando precisamente este fenómeno. Un estudio realizado por investigadores del MIT Media Lab encontró que la exposición a videos generados por IA puede afectar la confianza de las personas incluso frente a videos auténticos.
La consecuencia es inquietante:
la falsificación no solamente puede engañarnos; también puede contaminar nuestra confianza en la evidencia verdadera.
¿Y si la IA puede fabricar nuestros recuerdos?
Aquí es donde la historia se vuelve todavía más interesante. Todos hemos escuchado hablar del efecto Mandela pero algunos no saben lo que es. El llamado efecto Mandela consiste en un recuerdo idéntico que aparentemente muchas personas comparten, aunque ese acontecimiento nunca ocurrió de esa manera. Puede ser una frase, un personaje, un logotipo, una escena, un acontecimiento.
¿Realidades alternativas?, ¿Universos paralelos?, ¿Cambios en la línea temporal?
La explicación científica es mucho menos espectacular, pero fascinante.
La memoria humana no funciona como una grabadora, nuestros recuerdos pueden reconstruirse, modificarse e incluso contaminarse con información posterior.
Ahora imaginemos lo que ocurre cuando añadimos inteligencia artificial. Una imagen falsa puede ser creada en segundos, después puede ser compartida miles o millones de veces, alguien la convierte en video, otro usuario escribe una historia sobre ella, otro crea un documental.
Y finalmente millones de personas terminan expuestas al mismo acontecimiento ficticio.
Años después alguien podría decir:
"Yo recuerdo haber visto eso."
Y quizá sea verdad.
Pero no significa que aquello haya ocurrido, ¿si entiendes?
El posible "efecto Mandela artificial".
Aquí entramos en terreno especulativo. No existe evidencia de que la inteligencia artificial esté provocando cambios en líneas temporales o universos paralelos, pero sí podemos imaginar algo mucho más realista.
Una generación podría crecer rodeada de imágenes, videos y relatos creados artificialmente, acontecimientos ficticios podrían ser representados miles de veces, personajes inexistentes podrían convertirse en recuerdos culturales, fotografías falsas podrían terminar formando parte de conversaciones familiares.
Con suficiente repetición, una ficción puede comenzar a sentirse familiar.
Y nuestro cerebro tiene una característica peligrosa:
Lo familiar puede parecernos verdadero.
No habríamos cambiado el pasado.
Habríamos cambiado nuestra memoria del pasado.
Pero hay algo todavía más grande.
La IA no solamente puede crear información, también puede ayudarnos a decidir qué información vemos.
- Los algoritmos observan qué nos interesa.
- Qué nos provoca enojo.
- Qué nos causa miedo.
- Qué nos entretiene.
- Qué compartimos.
Y con todo ello construyen una experiencia personalizada.
Dos personas pueden abrir exactamente la misma red social y recibir dos versiones completamente diferentes del mundo.
Una persona puede pasar una hora viendo noticias sobre guerras.
Otra, sobre economía.
Otra, sobre conspiraciones.
Otra, sobre celebridades.
Al terminar el día, las cuatro pueden pensar:
"Ahora sé lo que está pasando en el mundo."
Pero en realidad solamente han visto una versión del mundo seleccionada para ellas. La realidad física es la misma y la realidad percibida puede ser completamente diferente.
¿Y si la realidad siempre fue una interpretación?
Aquí aparece una pregunta mucho más profunda.
¿Necesitamos realmente vivir dentro de una simulación para experimentar una realidad artificial?
Probablemente no.
Nuestra percepción del mundo siempre ha dependido de nuestros sentidos, nuestra memoria y la información que recibimos. La inteligencia artificial simplemente está multiplicando esa capacidad de construir representaciones.
Y eso nos lleva inevitablemente a la famosa hipótesis de la simulación.
¿Podría nuestra realidad ser una simulación creada por una inteligencia superior?
No lo sabemos pero es importante decir algo:
No existe evidencia científica que demuestre que vivimos en una simulación. Es una hipótesis filosófica fascinante, más no un hecho demostrado.
Sin embargo, quizá ni siquiera necesitemos una "Matrix" porque ya estamos construyendo algo parecido a una realidad digital:
Una realidad formada por fotografías, videos, algoritmos, inteligencia artificial, recuerdos y opiniones.
El verdadero peligro.
Quizá el mayor peligro de la IA no sea que las máquinas aprendan a mentir, los seres humanos llevamos miles de años haciéndolo.
La diferencia está en la escala.
Una persona puede inventar una mentira, una inteligencia artificial puede ayudar a producir miles.
Una persona puede falsificar una fotografía, una herramienta de IA puede producir cientos en minutos.
Una persona puede crear un rumor, los algoritmos pueden ayudar a distribuirlo a millones.
Estamos industrializando nuestra capacidad para fabricar información y eso cambia algo fundamental:
La confianza.
¿Cómo sabremos qué es real?
Tal vez el futuro de Internet no consista solamente en crear contenido cada vez más realista, tal vez también tendremos que aprender a demostrar su autenticidad.
- ¿Quién creó esta fotografía?
- ¿Existe el archivo original?
- ¿Fue modificada?
- ¿De dónde proviene?
- ¿Hay otras fuentes independientes?
- ¿Puede verificarse?
Ya existen iniciativas como C2PA, que buscan establecer estándares para demostrar el origen y las modificaciones realizadas sobre determinados contenidos digitales, porque quizá dentro de algunos años una fotografía no tendrá valor simplemente porque podamos verla.
Tendrá valor porque podremos demostrar de dónde salió.
Entonces... ¿la IA está cambiando nuestra realidad?
Sí, pero probablemente no porque esté cambiando las leyes de la física, no porque estemos saltando entre universos, no porque exista evidencia de que alguien esté modificando nuestra línea temporal.
Está cambiando algo mucho más cercano:
La manera en que construimos nuestra percepción del mundo.
Y eso puede ser suficiente.
Porque para que una persona experimente una realidad diferente no necesitas cambiar el universo, solo necesitas cambiar la información que recibe.
Ahora, una última pregunta:
Imagina nuevamente aquel video, tú apareces, tu rostro, tu voz, tus gestos.
Todo parece perfecto.
Tus amigos creen que eres tú, tus familiares creen que eres tú, millones de personas creen que eres tú.
Pero sabes que nunca ocurrió.
Ahora imagina que alguien te pregunta:
"¿Cómo puedes demostrar que no eres tú?"
¿Qué responderías?
Quizá dentro de algunos años la respuesta ya no pueda ser:
"Porque lo veo con mis propios ojos."
Y entonces llegamos a la verdadera paradoja de la inteligencia artificial:
Quizá nunca necesite cambiar nuestra realidad, quizá solamente necesite cambiar aquello que creemos que es real.
¿Y tú?
¿Confiarías en tus propios ojos si supieras que una máquina puede fabricar exactamente lo que estás viendo?
Está muy cabrón, ¿no crees?
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